Los objetos dramáticos: el símbolo textual y el símbolo escénico. Hacia una poética del objeto

El símbolo artístico es indisoluble de la materialidad. Incluso en el vacío, el silencio y la sombra, la experiencia de la nada es una abstracción dotada de significado y sentido opuesta a la materialidad. La poiesis es la manifestación empírica de la aisthesis del cosmos. En otras palabras, el arte es la manifestación del asombro por las realidades y los mundos posibles. En este sentido cada una de las artes tiene una materialidad más o menos definida: de la literatura, la palabra; la música, el sonido; la pintura, el color; la escultura, la forma; la arquitectura, el espacio y el teatro, la acción. Cuando digo que los elementos dominantes son ‘más o menos definidos’ es claro que la intención pone de manifiesto que las artes en general poseen diálogos interminables que generan procesos de hibridación constante desde el inicio de las manifestaciones artísticas y que cada vez son más complejos, cuyos umbrales son más indescifrables. Así el rapsoda es poeta y músico, y el cineasta es novelista, teatrero y pintor de la luz.  

Como no es posible divorciar la materialidad del arte, la pregunta subyace en el peso que recae sobre la poiesis para la construcción de símbolos profundos: ¿Cómo alimentar la obra con una visión de la materialidad artística? ¿cómo sobrepasar la elucubración y el adorno objetual? Si bien el acercamiento que he propuesto en un principio es aplicable a toda poiesis, mi interés por la materialidad, particularmente, recae en la construcción de los objetos dramáticos, tanto en la literatura como en el teatro (puede prolongarse esta distinción, si se quiere, a la dramaturgia y la puesta en escena). ¿Cómo la configuración de espacios y contextos, narrativos y dramáticos, no son una casualidad especulativa, (que va a tientas por la obra, casi tan inexplicable como el caos natural que se opone al logos) sino una construcción llena de significado que configura una arquitectura del símbolo? Tanto en el teatro como en la literatura, la pregunta solo puede ser resuelta en miras al entendimiento del objeto dramático. En adelante, cuando me refiera con el genérico de obra, lo haré para manifestaciones artísticas literarias y teatrales exclusivamente. 

Dadas estas condiciones entenderé por objeto dramático a una porción o representación de la realidad que dentro de la obra se transforma en fragmento constructor de sentido. Este acercamiento tiene algunas salvedades: el objeto dramático es, en principio, cualquier objeto reconocible en la cotidianidad pero que dentro de la obra adquiere condiciones especiales de símbolo. Puede hablarse de la representación de objetos tan mundanos como una silla pero también de construcciones completamente fantásticas y propias de la obra. La complejidad del concepto radica en que no todo objeto dentro de la obra es en sí mismo un objeto dramático, incluso, dentro de ella pueden existir objetos que entorpezcan el desarrollo artístico. Que un objeto esté dentro de una obra, no lo hace objeto dramático per se. El objeto dramático es una partícula que se conjuga con el todo fragmentario que propone la obra, se enlaza con la partitura y la sintaxis de la misma, potencia la significación: es en sí misma significado y sentido. El objeto dramático es una disposición consciente que fusiona los horizontes de expectativas del espectador y la obra en sí. No obstante, siendo la literatura y el teatro manifestaciones artísticas diferenciables, vale la pena hacer algunas especificaciones de los objetos dramáticos de una y la otra.

En la literatura el objeto dramático es un aparato lingüístico. Por ello es un símbolo construido por un signo. El objeto dramático, dentro de la literatura, le otorga un mayor grado de potestad imaginativa al espectador. Ya configurado como tal, el objeto dramático dentro de una obra literaria cumple funciones espacio-temporales, psicológicas, actantes o semánticas. En el primer caso, el objeto dramático entrega información de los accidentes espacio-temporales que desarrollan una acción, de tal manera un televisor de perilla puede situar la escena en un momento sin usar determinantes temporales. En el segundo caso, un objeto dramático ahonda en las características internas de los personajes y en el ambiente mismo de la historia, un ejemplo contundente es el caso del Corazón delator de Edgar Allan Poe, donde el objeto dramático, un corazón enterrado, guía la transformación del personaje y tanto la tensión como la intensidad de la narración. En el tercer caso, nos encontramos con la función actante del objeto dramático, el resultado es el dinamismo absoluto que entrega a la narración. Todo gira en torno a él,  produce la transformación de todo, forma los arcos narrativos, El Señor de los Anillos de Tolkien y La isla del Tesoro Stevenson pueden ser ejemplos claros. En última instancia está el objeto dramático cuya función es plenamente semántica, de marcar isotopías, de ampliar la profundidad interpretativa hasta el nivel puramente artístico, el objeto como apertura de mundos posibles, él, por sí mismo. En este punto encontramos el tambor que carga Oscar Matzerath en El tambor de hojalata de Günter Grass o el Aleph en el cuento de Borges. Aparte de estas, existen otras y tan variadas funciones de los objetos dramáticos como las obras permitan. El asunto es que los objetos carentes de sentido no pueden ser denominados objetos dramáticos, desvían la atención del lector y produce ruido en la realización artística.

En cuanto al espectáculo teatral, posee los mencionados dentro de la literatura y otros más debido a su condición material y a su código comunicativo con el espectador.  El objeto dramático dentro del teatro, además de las cuatro funciones anteriores, posee la característica de romper la cuarta pared. Genera un convivio metateatral que traslada al espectador a la escena y a los actores al lugar de los asistentes. Esto pasa cuando el objeto adquiere una función interactiva que logra vincular el espacio de la representación con el espacio del espectador: objetos que pueda manipular el espectador pero con una intencionalidad de romper la cuarta pared para ampliar el sentido de la obra, no por artilugio. El objeto dramático en el teatro adquiere matices refractivos: el actor se enfrenta a un objeto para explorar sus posibilidades poéticas, se transforma, lo transforma, se transforman mutuamente, sabiendo que la profundidad del objeto dramático está determinada por las acciones físicas e intencionalidades del personaje: en el teatro un objeto dramático es un espejo para construir al sujeto danzante. Al creador danzante. En el teatro, el objeto dramático toma características escultóricas: es la exploración de la forma en relación con el contenido, el artefacto que toma potencias casi sagradas, la exaltación de las artes visuales a un nivel narrativo, aquí la presentación de un objeto debe estar pensada con  pretensiones marcadas desde las artes visuales.

Con todo lo anterior podría creerse que el objeto dramático puede alcanzar dimensiones de personaje. Nada más alejado. Dentro de una construcción narrativa y teatral, los objetos dramáticos están para dinamizar a los personajes que son, finalmente, los engranajes de la acción. El objeto dramático es el universo que profundiza el sentido, es el lugar de la reflexión artística representativa. Por eso, a mi modo de ver, cada vez es más urgente prestar atención al lugar que ocupan los objetos dentro de las historias dado que más que utensilios son puertas para la percepción artística.

Nota. La imagen fue tomada de clandebichos.com. Créditos a quien corresponda.

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