Magdalena

(Fotografía: Dorothea Lange. Migrant Mother, Nipomo, California. 1936)

Tiene un nombre curioso. Todos los extranjeros lo tienen. Es una lástima que vaya a ensuciarse. Pero puede venir conmigo, si quiere. Me llamo Magdalena. Soy vieja, pero mis huesos son duros. Casi tengo la edad de este vertedero. Setenta años cumplidos. No es que tenga una habilidad especial, pero hurgar en la basura es lo que mejor sé hacer. Me conduzco bien entre los desperdicios. Sé ver una oportunidad en donde otros la desechan.

No, no intento rescatar comida porque podría enfermarme. En cambio, busco cosas que podría vender. Nunca tan caras para que alguien deje de comprarlas. Vestidos, viejos libros, juguetes rotos, pedrería, muebles, articulo electrónicos. Eso es lo que me gusta rescatar. Escarbo un poco cada día. A veces, me voy corriendo detrás de un camión si me avisan que viene algo bueno. Los pájaros y los perros se espantan con la carrera. La gente ríe. Dice: —¡Allí va la vieja Magdalena! —Y yo también me río.

Los recolectores alzan las manos llamándome, me alientan a que me apure. El conductor levanta la tolva del automóvil. Vacían los deshechos y me dan cinco minutos, sólo cinco, mientras llega el otro vehículo, para que los examine. Debe ser rápido. Me dicen: —Rebusca allí, Magdalena. Estoy seguro de haber visto esto y aquello— Y cuando me embrollo, ellos me quitan del lugar para que la basura que llega no me sepulte.

Así se pasan los días. En navidad, cuando regresan sin nada de las calles de la ciudad, después de haber gritado en vano pidiendo una propina por la celebración, yo los espero con una botella de ron que consigo en el mercado minorista. La toman con el ánimo triste mientras el camión termina de vaciarse. Entonces, retornan a la ciudad.

De haber escogido, me hubiera gustado ser maestra o vendedora en una tienda de mercancías. Casi siempre obtengo un buen precio por lo que vendo. Sé sumar y restar. Consigo escribir. Doy consejos aquí y allá. A los niños, a los viejos, a las mujeres, a las parturientas. Les recuerdo dónde pueden buscar sin peligro. Les digo si algo puede o no venderse. Cómo llevar un embarazo, tratar una herida o esconderse en caso de necesidad. Hace años que un joven murió sepultado por no escuchar mi consejo. Fue triste. Los camiones siguieron llegando. No pudimos sacarlo. Nos olvidamos pronto de él.

Los camiones arriban durante gran parte del día y de la noche. Decenas. Modernos o antiguos en una procesión interminable. El olor en el día es más intenso. No sé cuántos vivimos aquí. Salimos poco. En la ciudad no nos quieren. Nos tienen miedo o repulsa. Tuve esposo, pero ya murió. Llegó del campo. Yo le enseñé a sobrevivir. Al mes le pedí que nos casáramos. ¡Imagine! Y aceptó. Era un buen hombre. Fornido, un poco triste, no demasiado inteligente. Murió durante alguna de las épocas en las que han querido sacarnos de aquí. Entonces le prenden fuego a la basura, envían a la policía o a otros hombres a quienes nunca hemos podido identificar. Somos como ratas. Nos escondemos un tiempo, pero volvemos a salir. Sin embargo, a mi esposo no lo mató nadie. Se hizo una herida en la pierna con un trozo de metal suelto. La herida se infectó y murió. Desde entonces, me gusta ir con este frasco de alcohol en el bolso. Las brigadas de salud dicen que no serviría de mucho.

Hablando de roedores, sé que hay miles escondidos entre estas pilas de basuras. Grandes como gatos o pequeños, diminutos. Pueden ser animales tiernos, si se fija en el esfuerzo que hacen las madres por alimentar y proteger a sus crías. Pero también nos enferman. A pesar de nosotros, la nuestra es una lucha contra ellos. Los cazamos con crueldad. Instalamos trampas, cepos, los ahogamos en sus madrigueras, aplastamos a los más pequeños. Tal vez por eso nos merecemos el trato que nos dan en la ciudad.

Durante unos años me hice amiga de uno de los ingenieros. Me decía: —¿Cuándo serás mía, Magdalena? — yo sabía que lo decía por burlarse, así que le contestaba con malas palabras y él se reía y me dejaba en paz, pero me traía, sin falta, las sobras de su almuerzo. Comía poco. Enfermó. Luego lo trasladaron a otra ciudad. De vez en cuando me envía una postal.

Por aquel tiempo, le abrí mi lecho a uno de los recolectores de basuras. Cuando llegaba a mi casa, le tenía agua caliente. Hedía peor que los desechos. Lo frotaba lo mejor que podía y hacíamos un amor tierno hasta que él se quedaba dormido. Aquí el olor no se despega nunca. No regresó. Los compañeros me dijeron que tenía esposa y que volvió con ella. Aunque no lo parezca, el afecto entre nosotros es una forma de resistencia.

Bien. Hemos llegado a donde veníamos. Adelante, pase. Puede sentarse ahí.

Como se dará cuenta, no es un palacio. Construimos los ranchos con deshechos, con lo que encontramos. Tratamos de mantenerlos limpios. La chica sobre la cama se llama Francisca. Tiene dieciséis años. Hace tres horas que está en trabajo de parto.

—Descansa, querida. Respira— No ha dilatado lo suficiente —Él es un periodista británico. Quiere saber cómo vivimos.

Me hice partera porque una vez fui al hospital. Sangraba. Hablaron del olor de mi ropa, de mi aspecto. Me avergonzaron. El niño había muerto en mi vientre. Me culparon. Después ya no quise tener más hijos y mi esposo entendió. Tampoco a él le gustaba la ciudad. Por eso no quiso ir al hospital y murió, como ya le dije. Cuando me dejaron salir, busqué a la vieja partera que había por aquí y aprendí de ella el arte de traer a las criaturas al mundo.

No es fácil, créame.

Me llaman. Me dicen: — ¡Rompió fuente! — o —¡Ha dejado de moverse, abuela, ya no lo siento! — Las tranquilizo. Son jóvenes. Palpo el vientre, pego mi oreja y les respondo: —Está dormido o vete al hospital, no importa si te humillan, lo haces por el niño.

Nací aquí. O casi. Mi madre se refugió aquí porque no amaba a mi padre. Pero ya estaba en cinta. Nací en el hospital. A los pocos días, nos instalamos entre la basura. Gracias a mí, los hombres la respetaron. No volvió a casarse. El vertedero no era tan grande. Ocupaba apenas el espacio de dos campos de juego. Ahora son más de ochocientos, me dijo la última vez el ingeniero. Una ciudad entera, si lo piensa. Una vez vi a la ciudad desde uno de sus cerros. No se veía muy distinta a este lugar. Parecía una montaña de escombros. Nada verde qué destacar.

Ahí están las contracciones de nuevo. Son rápidas.

¡Agua caliente y trapos! ¡Apúrese, hombre, que ya viene! ¡Tómele la mano! Está sangrando un poco, es normal. Límpiele la frente.

– Vas a estar bien, querida. Ya casi está aquí. ¡Puja, puja, puja! Muy bien, querida, muy bien…

Mire su cabeza, esa pequeña bola de pelos: Es lo primero que sale. Dos pujas más, y el niño saldrá entero. A veces se atoran, hay que ayudarlas. Así, de esta manera. Aplastando un poco el vientre. Con fuerza. Hacia adelante. Lo importante es que la cabecita salga para que respire. ¡Ahí está la nariz!

¡Puja, querida, puja que ya casi termina!

Hay que recibirlo así, con las manos. Casi acunándolo. !No tire muy duro de él…! Ahora gire el cuerpo, boca arriba, así, para que arroje los fluidos de los pulmones. Dele una palmadita y…

-¡Bua, bua!

¡Ahí está el llanto! ¡¿Lo oye? ¿Lo oye?! ¡Él está bien, está bien! Es un niño sano, aunque falto de peso. Limpiémoslo un poco antes de darlo a la madre. ¡Con la toalla, hombre! Despacio, despacio. Descanse. Siéntese ahí.

Así que nunca había estado en un parto… Está pálido. Le aseguro que no es el primero que me dice es. Repítame su nombre.

— Chris-to-pher

Christo-pher, mire al niño. ¿No es hermoso? Aun estando con restos de sangre, es lo más limpio que hay en este vertedero. No tardará mucho en ensuciarse, en que se le pegue el hedor que lo permea todo. En que adquiera una enfermedad y debamos llevarlo al hospital o enterrarlo, si muere. ¿Sabe cuántos cuerpos anónimos descansan aquí? Puedo hablarles de decenas. Aún muertos, representamos una calamidad y es mejor dejarnos entre los residuos. Por eso, le he dado dinero a Francisca. — ¿Verdad, querida? — Le he dado lo suficiente para que tome un autobús a su pueblo, y del pueblo viaje a la aldea de sus ancestros en la Sierra. Le he dicho: —No te avergüences, afronta todo lo que te exijan, porque tu hijo necesita salir de aquí.

El jueves, si todo sale bien, estas montañas de desperdicio serán un recuerdo fugaz para el niño. Si la muchacha está débil para viajar, me iré con ellos y no volveré tampoco.

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