Elogio de los oficios inútiles (2º parte)

 Imagen por: Valeria Álvarez

No recuerdo a qué obra de teatro correspondía la boleta. Pero sí recuerdo el diseño de la boleta y sobre todo el texto que aparecía en el envés: “si es absolutamente necesario que el arte o el teatro sirvan para algo, será para enseñar a la gente que hay actividades que no sirven para nada y que es indispensable que las haya”. Estas palabras, que pertenecen a Eugène Ionesco, me siguen resonando. ¿Podría decir algo más, sin restarle contundencia a la idea? Que juzgue el lector. Por mi parte debo satisfacer la promesa de dar término a este collage y justificar la afirmación que ya había lanzado en la primera parte, cuando dije que la creación artística es el más radical de los oficios inútiles. Y eso que en esa misma lógica hubiera sido necesario decir que entre la caterva de vagos dedicada a estos asuntos que no conducen a nada (o al menos a nada bueno porque, según se dice, el ocio es la madre de todos los vicios), los artistas son los más vagos. 

Pero vamos a los grandes maestros del ocio para ahondar en este asunto. En el prefacio de El retrato de Dorian Gray, Oscar Wilde decía que el artista es el creador de cosas bellas, que todo arte es completamente inútil, y que la única disculpa de hacer una cosa inútil es admirarla intensamente. Las tres ideas apuntan a que el arte rechaza una finalidad “práctica” inmediata, o mejor dicho, a que el criterio esencial de valoración en el arte es estético y este criterio basta para determinar si una obra artística es afortunada o desafortunada. No puede ser otro. Mucho menos el criterio según el cual es valioso únicamente lo que es económicamente rentable. Sin embargo, esto en ningún modo quiere decir que el arte no atienda necesidades humanas ineludibles como la de contemplar el mundo y establecer con éste relaciones más complejas, más sensibles, y más fundamentales.

Las pinturas rupestres encontradas en las cuevas de Nerja (las cuales pudieron haber sido realizadas por neandertales), Altamira o Lascaux, consideradas hoy en día las manifestaciones artísticas más antiguas, son prueba de que aprehender el mundo a través del arte es una necesidad inmemorial… e incluso una necesidad evolutiva. El escritor mexicano Jorge Volpi sostiene que la capacidad de crear e interpretar ficciones (o de manera más general, el arte) es una de las herramientas que ha permitido la supervivencia de la especie humana, y tal vez la característica que mejor la diferencie de otros seres de la naturaleza. El cerebro humano funciona como una máquina de futuro: acumula las experiencias pasadas y las confronta con las situaciones presentes para representarnos lo que pasará después. Así nos preparamos con el uso de la imaginación para tomar la mejor decisión en el momento necesario, una aptitud que conlleva importantes ventajas en la ardua carrera de la selección natural. Sin duda sería un grave error reducir el asunto del arte a un plano exclusivamente biológico, pero aquí hay pistas que nos sirven como un punto de partida. ¿No es una función análoga la que cumple el arte en el ámbito de las sociedades, quiero decir, prepararnos para lo que se viene? 

Ray Bradbury, a pesar de haber escrito obras como Fahrenheit 451 y Crónicas marcianas, no se consideraba a sí mismo un autor de ciencia ficción; según él, su tarea de prevenir el futuro se limitaba a escribir sobre la gente común, sobre los acontecimientos que siempre ocurrían frente a sus ojos. Si bien muchas de sus tramas se desarrollan en el futuro, esta es una cuestión secundaria: lo que se cuenta en ellas puede ocurrir ahora y efectivamente ha ocurrido en el pasado porque el carácter humano nunca ha cambiado significativamente. Pongamos el ejemplo: la segunda obra que cité recoge un conjunto de relatos en los que se cuenta la llegada de los seres humanos a Marte; allí se encuentran con los marcianos a quienes –¿qué otra cosa podía pasar?– colonizan y finalmente aniquilan. Si alguna vez tiene la posibilidad de leer el libro, suponga que los mismos relatos ocurren en el continente americano durante el siglo XVI. O en Vietnam entre 1964 y 1973. O en Siria, hoy… y verá que todo acontecimiento humano parece la repetición de un ciclo, in saecula saeculorum. 


También el caso de Svetlana Alexiévich es muy ilustrativo. La periodista galardonada con el Premio Nobel de Literatura presenta su libro más famoso, Voces de Chernóbil, como una crónica del futuro ¡Del futuro! Aunque el accidente nuclear ocurriera el 26 de abril de 1986, casi dos décadas antes de la publicación del libro; aunque Svetlana se encuentre a una distancia claramente mayor de la ciencia ficción que cualquier otro escritor. De hecho, el periodismo literario no narra hechos ficticios sino las vivencias de personas de carne y hueso, o lo que muchos han llamado los acontecimientos de la realidad histórica. “Han pasado veinte años de la catástrofe pero hoy me persigue la misma pregunta: ¿de qué dar testimonio, del pasado o del futuro? […] cuando hablamos del pasado o del futuro, introducimos en estas palabras nuestra concepción del tiempo, pero Chernóbil es ante todo una catástrofe del tiempo.” Son las palabras de Svetlana Alexiévich, para quien estas catástrofes del tiempo son los acontecimientos que aún no podemos descifrar, los signos que todavía no sabemos leer. Y quizá nada nos haya dado respuestas tan contundentes como el arte sobre lo que fue, es y será del mundo que construimos o destruimos todos los días. 

Sin embargo, el arte solo logra darnos esas respuestas contundentes cuando quiere atender a una finalidad estética y se encarga de producir cosas bellas. No creo que sea igualmente afortunada una obra que se plantee de entrada una utilidad inmediata, como si el arte se tratara de un simple instrumento para alcanzar fines ulteriores: publicitar un producto, promover una ideología o “crear conciencia” (de este último fin, no conozco su significado). Esa no es la tarea del artista. Cristóbal Peláez –el director del Teatro Matacandelas– decía que le parecían absurdas las obras que, por ejemplo, le enseñaban a los niños a valorar el agua: “más bien déjelos un día sin agua, a ver si no aprenden lo importante que es”. La tarea del artista es construir una obra rigurosa, que le permita ahondar estéticamente en la condición humana y en las dinámicas de las sociedades. Ahí cumple su compromiso social, y si se quiere, político. Lo demás es panfleto. Y mediante el panfleto no se puede asumir ninguna actitud verdaderamente crítica. 

El arte no tiene que hacer tanto escándalo y su esencia es emancipadora. En un discurso llamado Dinosaurios en tiempos difíciles, Mario Vargas Llosa cuenta las vivencias de dos grandes intelectuales durante su exilio a causa de la Segunda Guerra Mundial: Walter Benjamin se dedicó a estudiar la obra de Charles Baudelaire porque allí encontraba respuesta a los grandes interrogantes de la modernidad, en la cual se había fundado el aparato de poder que le había tendido un cerco de muerte a su existencia; Karl Popper dedicó sus esfuerzos a estudiar los clásicos griegos como una contribución personal contra el totalitarismo. Aquí se demuestra cómo el arte puede, como los demás oficios inútiles, hablar a la conciencia humana de manera desinteresada y responsable. Tanto así que Lynn Hunt atribuyó a la literatura gran parte del mérito en La invención de los derechos humanos; la literatura simplemente se dedicó a contar ficción, a construir personajes que terminaron generando la “experiencia de empatía” necesaria para que los lectores (una élite culta en tiempos de la Ilustración) entendieran a otros seres humanos como sus semejantes. Sin proponérselo, la literatura promovió el reconocimiento recíproco que se manifestaría en el principio de igualdad, afincado en distintas cartas de derechos e ideales independentistas. 

Hasta aquí este collage de los oficios cuya inutilidad es para nosotros indispensable. Si me he centrado principalmente en fuentes literarias es porque la literatura está más cercana a mi experiencia, pero los mismos atributos descritos en este texto aplican para las demás manifestaciones artísticas: finalmente el arte es la más bella de las constelaciones, y cada vez las fronteras tienden a desaparecer. A través de estos oficios y de la mano de la más feliz caterva de vagos dotamos el mundo de sentido y cultivamos el espíritu. En este sentido el arte, el más radical de los oficios inútiles, nos salva. Como escribió Jorge Luis Borges: “Desdichado el pobre en espíritu, porque bajo la tierra será lo que ahora es en la tierra.” 

Vea también: Elogio de los oficios inútiles (1º parte).