Los nombres de la lluvia

 Imagen por: Valeria Álvarez

Los perros comenzaron a ladrar. Caía una lluvia finísima. Francisco se puso de pie en el umbral y vio acercarse una lucecita por el camino que conducía a la casa. “¡Trotsky, Caimán, vengan!”, los perros llegaron corriendo hasta la puerta y se sacudieron; miraban expectantes, aun ladrando, la luz que venía. Se fue dibujando la silueta de un muchacho que de pronto comenzó a hacer señas de que amarraran a los perros. “¡Venga hombre!”, llegó hasta la puerta empapado y temblando de frío, “¿usted es Don Francisco?, es que me dijeron que usted me podía dar posada hoy”, Francisco lo mandó a entrar y le pasó un pedazo de tela para que se secara. Se sentaron en la cocina. Los perros se fueron de nuevo al corredor.

Francisco le preparó un café al huésped y sacó una caja de cigarrillos, “¿Fuma, muchacho?”, sin responder el joven tomó un cigarro y se lo llevó a la boca, “Me estoy volando de la casa pero no tengo plata, ¿le puedo pagar la posada con trabajo?”, Francisco lo miró divertido, “¡hombre, pero si usted es un niño apenas!”, “pero tengo fuerza, puedo hacer lo que usted me diga”, Francisco dejó caer una risita y luego le advirtió que lo que quería decir era que estaba demasiado joven para irse de la casa, “su mamá debe estar preocupada”, “puede que sí, pero es que no me aguanto más”. Prefirieron quedarse en silencio y Francisco optó por no preguntar nada sobre los motivos de la huida. Encendieron otro cigarrillo y luego otro.

Me emparamó esa lluviecita, con razón le dicen mojabobos. Los gallegos tienen como setenta palabras para la lluvia, por ejemplo a esta la llaman orvallo, lo leí en un librito”, sacaron otro cigarrillo y se sirvieron más café. A Francisco no le interesaba mucho saber qué nombres tenía la lluvia: chubasco, chaparrón, garúa, llovizna, lo tenían sin cuidado.

Siguieron conversando deshilvanadamente hasta que empezaron a dormirse. En medio de bostezos le indicó un catre y le entregó una cobija, Esteban se acostó y mientras se cobijaba escuchó decir al hombre: “de todos modos piénselo bien, irse de la casa no es cualquier cosa”.

El sol irrumpió con ímpetu en la casa y la llenó de un brillo neblinoso. Hacía un tiempo que Francisco movía cosas en la cocina y Esteban se levantó para prepararse, se miraron sin saludarse. “Hombre muchacho, me cogió de genio, no me pague nada”, Esteban sonrió y comenzó a organizar la cama, empacó las cosas en la maleta, “¿sabe qué?, no me voy a ir nada, lo estuve pensando anoche”, Francisco se carcajeó portentosamente.

Ya sabía yo que no le iba a durar mucho esa locura, ¿se va a volver entonces? – Mientras Esteban asentía volvió a preguntar – ¿por dónde vive usted?

Mi señor, yo vivo en El Romeral, aquí no más.


¿Cerca de la casa de Don Jairo y Doña Liliana?

Ellos son mis papás, ¿usted los conoce?

Francisco volvió a reír, “¡¿conocerlos?!”, habían sido amigos toda la vida, A Esteban lo llenó de gracia todo eso y una risa, que no alcanzó a exteriorizar, fue en crescendo en su alma. “No sabe todo lo que le agradezco Don Francisco”, dijo todavía riendo jovialmente por dentro. Amarró la maleta y se la colgó al hombro, se despidieron y Esteban comenzó a desandar el camino, Francisco lo vio desaparecer y se volvió a la casa.

Los perros volvieron a ladrar. Cuando se asomó lo vio venir corriendo, como si se hubiera olvidado de algo importante, llegó jadeando.

¡Don Francisco, Don Francisco!, por favor no les vaya a decir que yo fumo”