Un intento por ordenar el caos

 Imagen por: Daniel Galeano

​Salgo al patio donde ya, desde hace una hora, están sonando las bandas. Me recibe el golpe del bajo eléctrico en las tripas. Toca Shudra, todavía es de día y la gente va llegando poco a poco al concierto.


Esto no es música para los niños

Maria Antonia tiene dos años. Su papá, El Sapo, tocó con Niebla de Opio en el primer Víboral Rock (2005). Los veo sentados en la mitad del patio y me causa curiosidad ¡una niña de dos años en un concierto de Metal! Al girarme la gracia aumenta, veo varios niños en el lugar, algunos son conocidos: está, por ejemplo, Helbert Sair con su hijito. Veo dos niñas de unos diez años tapándose los oídos, veo a otro con una camiseta de Nirvana que es llevado de la mano por un hombre con camiseta de Pink Floyd.

Dando vueltas y pensando en esto me encuentro con Natalia, le pregunto por sus dos niñas con toda la naturalidad, “¿las trajiste?”, y cuando me dice que no, me sorprendo –como si lo natural fuera que estuvieran allí– “¡¿Por qué no?!”, le grito, para que mis gritos puedan atravesar la música. Ella me mira con la misma sorpresa con que le pregunto y me responde con toda obviedad, “esto no es música para los niños” y como puede leer la decepción en mi gesto aligera la respuesta agregando, “además tenían hoy un cumpleaños”.

El concierto continúa, todavía no hay mucho público, la gente sigue dispersa; entonces un hombre se acerca al escenario y pide el micrófono. Grita, como aquel que da testimonio en una iglesia, que un carro lo atropelló hace nueve meses, que acaba de levantarse de su silla de ruedas, que lleva nueve meses sin saber lo que es un pogo y que hoy tampoco será su día, pero que por favor se levanten todos y vayan a poguear. Los muchachos que pueblan el patio se van acercando al escenario y, como por convención social, Maria Antonia se levanta y comienza a caminar hacia el lugar donde será el pogo. El Sapo se levanta, pienso que la va a traer de nuevo, pero la toma de la mano y sigue con ella hacia el pogo, los veo juntos dar vueltas cerca de la multitud –con toda la atención y el cuidado, eso es cierto, y quién lo diría: el peludo del pueblo es buen padre– luego se regresan y veo a Maria Antonia sonreír, vuelve de su primer pogo exhausta y feliz.

Regreso la mirada y veo. Todavía las dos niñas de diez años se tapan los oídos, el hijo de Helbert tiene puestos unos protectores auditivos industriales de un bonito amarillo, me fijo y Maria Antonia tiene puestos dos tapones en los oídos. ¿Esta es música para los niños? La respuesta parece dármela Helbert cuando subo a pedirle una entrevista, está con Gael, su hijito, intenta llamar a la mamá del niño para que se lo lleve, Gael está cansado y hace una pataleta, escucho la llamada. Por las respuestas que da Helbert intuyo la pregunta que le formulan del otro lado, responde “no, no, Gael está muy cansado, además esto no es música para él… –una nueva pregunta y continúa– no, es que esto es más o menos lo que yo escucho en el carro”

Después de todo esto recuerdo mi adolescencia, pienso en el primo que escuchaba Heavy Metal y al que su mamá le pedía apagar la grabadora cuando llegábamos, en la renuencia de los metaleros del pueblo a prestarnos sus cassetes o sus discos y en la actitud altanera, vigorosa y bella, de los peludos del pueblo, todos nos negaban los misterios del Metal con la misma frase: “Esto no es música para los niños”.

Música de locos

Julián Rivera, el líder de Tenebrarum, que ahora está en escenario, mientras el patio revienta de público, grita, “No dejen morir este festival, ahora que hay tanto auge de la música supuestamente urbana, que esto exista aquí es muy importante”. Más tarde, después de que se bajan, le pregunto por esta frase y me responde que un festival de música es como un páramo, que cuando un páramo se acaba no se acaba solo él, sino todo el ecosistema que vive al rededor; del mismo modo, concluye, “cuando un festival muere mueren muchas otras cosas, ni siquiera nos alcanzamos a imaginar”. Le pregunto si en su casa el Metal causó reacciones adversas y me responde jocosamente que su padre, que también es músico, dice que le gusta la música que hacen siempre que a él no le toque oírla.

Toca Tenebrarum y el público enloquece. Se ven las cabezas subir y bajar frenéticas, al frente, casi junto al violín de Julián Rivera, destaca la cabeza llena de risos de una mujer ya mayor, con un atuendo bastante particular: baila como poseída. Es ya, desde hace años, un personaje conocido en los festivales. La gente, por respeto, teme llamarla “la loca” entonces se inventan diminutivos “la loquita” o eufemismos como “la señora que baila”. Yo, por mi parte, me reservo la timidez y la llamo, con todo el cariño, La Loca. Junto a ella otros dos locos bailan, uno de ellos se atraviesa a las cámaras e imita los gestos irritados del camarógrafo que le pide que se quite. Y allí están, confirmando esa frase que uno escuchó tantas veces en el pueblo, de que el Metal era música de locos, sin duda lo es.

Voy al baño y me encuentro a Walter, el presentador del evento y personaje clave en la fundación y el funcionamiento actual del Víboral Rock: mientras orina lo escucho hablar solo, va diciendo, “muy bueno, uy, sí, muy bueno”, más tarde está de nuevo en el escenario pidiéndole a Tenebrarum que toque El Velo. Nos reímos. Es la primera vez que vemos a un presentador pidiendo el bis, anima al público y comienza a gritar por el micrófono “El velo, el velo, el velo” hasta que el público lo sigue, después del concierto de Threat lo escuchamos ya sin voz.

Eric Burdon, legendario vocalista de The Animals, dijo que el Rock estaba hecho de lo mismo de lo que están hechos los rayos. Threat toca mientras cae la lluvia. La mayoría de la gente no teme mojarse y allí los vemos escuchando el estruendo gutural y rítmico de esta banda. Threat no para de tocar, cada canción va seguida de una pausa brevísima y viene la siguiente, en la pantalla del fondo los rayos lo gobiernan todo, como en Heráclito.

Estas voces guturales, estos gritos de ultratumba, vienen desde las entrañas del vocalista, gigantesco, demoniaco y me recuerdan los gritos tribales de la humanidad en sus albores y también las fiestas dedicadas a Dionisos. Quizá se trate de eso, quizá sea eso: el rock como la posibilidad de enloquecer por unas horas, de agitar con fuerza las cabezas, de perderse en la multitud, de gritar como presas de una posesión, de embriagarse en la voluptuosidad de una música incontenible, para volver, al terminar, sanos y salvos a nuestras casas. Quizá un concierto de Metal – se me ocurre – sea una suerte de fiesta báquica que nos da libertad para enloquecer y nos permite volver a la vida normal. 

¿Música de locos?, sin dudas, pues ¿quién, si no un loco, precisa del desenfreno durante unas horas para regresar a la contención de la vida cotidiana, transparente y clara?, solo un loco puede entender que tras la brutalidad del Metal se encuentra la tranquilidad.

El mierdero

El rock es un intento por ordenar el caos, o al menos eso siente uno cuando escucha hablar a Helbert Giraldo, fundador del festival y pieza clave de la movida rockera en El Carmen de Viboral. Nos cuenta del primer festival, en el 2005, de Kamber, de Fredy, nos habla de Hardbar, su bar, uno de los más icónicos del pueblo. Nos cuenta cómo a fuerza de inteligencia y sin dinero lograron traer a Elkin Ramírez y a 1280 Almas. Nos habla de todos los problemas que tuvo el Festival, del poco apoyo gubernamental que recibió durante varios años y de las razones que lo llevaron a alejarse de la organización durante algún tiempo.

El propio Julián Rivera, de Tenebrarum, nos dice que ellos han sentido la evolución del evento. No nos habla de lo que piensa de los años anteriores, pero se muestra complacido por la forma en que se ha desarrollado el festival este año. Confirma, tácitamente, las quejas de Helbert.

Al final del evento toca Nightmare y el agua de la lluvia va lavando lenta y tranquilamente el patio. En el 2010 el agua también cruzaba lenta por el patio, Helbert cuenta con gracia que fue tan caótico ese año que las tuberías de los baños no aguantaron y se desbordaron, al final del evento, mientras todavía había bandas en tarima, la mierda fluía tranquila y silenciosa de un lado a otro.

Julián Rivera en la entrevista nos dice que la música tiene muchas ramas distintas pero que la raíz es única y siempre la misma, antes de irme a dormir no dejo de pensar que quizá sea eso lo que a pesar de todo mantiene viva esta fiesta: la mierda ha sido buen abono.