¡Que viva José María! ¡Que beba Villa!

 Imagen por: Laura Mejía Echeverri

Después de participar en la realización de los planos del Puente de Brooklyn, en Nueva York, y de ser invitado a trabajar en reiteradas ocasiones por el inventor Thomas Alva Edison, el ingeniero antioqueño y célebre bebedor José María Villa Villa regresó a Colombia. En 1887 le adjudicaron la construcción de la que sería su obra más célebre: el Puente de Occidente. La descomunal estructura que atraviesa el río Cauca –entre Olaya y Santa Fe de Antioquia– empleó en su ejecución el trabajo de doscientos obreros diarios durante seis años, ciento noventa y cinco toneladas de madera y más de mil kilómetros de hilo de acero. Justo después de su finalización en diciembre de 1894 alguien le dijo al ingeniero: “Villa, está soplando el viento”, como advirtiendo que el puente colgante podría sucumbir en cualquier momento por el embate de la tormenta. José María Villa Villa no dijo una sola palabra; en cambio amarró una hamaca en el centro del puente, y allí bebió chirrinchi y tocó su violín hasta que volvió la calma. Poco después, el día de la inauguración, ninguno de los reputados asistentes se atrevió a poner un pie sobre el puente al percatarse de lo desaforada que era la estructura. Para probar a todos que la obra resistía, Villa ordenó ubicar doscientas cabezas de ganado en el lado occidental, llevó de la mano a su mujer y a su hijo hasta el centro del puente, y ordenó subir otras doscientas reces por el lado oriental. Así permanecieron (el ingeniero bebiendo) durante casi tres horas. Al comprobar la resistencia de la obra y la maestría de Villa, la multitud corrió hasta la orilla del río para aclamarlo. Unos gritaban: ¡Que viva José María Villa! Otros respondían: ¡Que viva! Pero la consigna pronto iba a cambiar porque mientras unos gritaban “¡Que viva Villa!”, el ingeniero borracho invariablemente respondía: ¡Que viva no… que beba Villa!