El carnaval y la muerte

 Imagen por: Alejandra Londoño.

El olor del incienso de los ritos religiosos se demoraba todavía en las calles cuando ya se empezaba a configurar la fiesta: varios grupos del Carnaval de Comparsas tenían entre sus personajes alguno que memoraba la muerte o que asumía en sí mismo la forma de la muerte. Íntegramente vestido de negro y tocando una campana, abría el desfile un animero que parecía convocar a los espíritus fantásticos que poblaron durante la tarde del domingo las calles de El Carmen de Viboral. En una de las comparsas los campesinos resistían con sus cantos y su dignidad los embates de la guerra, de sus sembradores de muerte. Un poco más atrás un marote descomunal que personificaba la muerte esquivaba los cables de la electricidad, hasta que una de sus manos se averió y la figura se recostó sobre un costado como para descansar; no tardó así mucho tiempo porque los manipuladores pronto repararon esa mano de la muerte que a veces se retrasa, pero que llega inexorablemente. ¿Por qué parecía ser la muerte la invitada de honor al Carnaval? Porque sobreponerse al tránsito de la muerte ha sido precisamente una de las funciones de la cultura. Juan Rulfo decía que los latinoamericanos estamos pensando todo el día en la muerte porque las situaciones adversas de la realidad de estas tierras nos obligan a convivir siempre con ella. En la catarsis del carnaval ella aparece en todo el esplendor de su belleza trágica y los asistentes –al menos por esta vez– la podemos mirar sin miedo a los ojos.