Un fuego

 Imagen por: Daniel Galeno

Entre el público apareció el fuego espontáneamente, un grupo de personas comenzó a encender puñados de velas blancas mientras los Gaiteros de San Jacinto iniciaban su concierto. El fuego no es solamente físico, se oculta tras él un símbolo, tan universal y tan diverso, que su sentido se nos vela y se nos descubre al mismo tiempo. Todos sabemos qué es el fuego, pero se nos dificulta explicarlo, pues tiene un carácter bondadoso y destructor, religioso y bélico, espiritual y corporal. ¿Será que todas las cosas son transformaciones del fuego como ya lo advirtió Heráclito?

El elemento fuego en la música de Los Gaiteros es evidente y no solo porque sus discos y sus canciones tengan dentro de su nombre y del modo más explícito la palabra “fuego”, también porque, desde un punto de vista más espiritual, los Gaiteros asumen el papel ancestral de cuidadores del fuego, mantienen encendida la llama de una música y de una parte importante de la cultura nacional y la defienden de los duros embates de una industria cultural homogeneizante que sopla fuerte y que se impone por todas partes.

El modelo manda a que música como la de los gaiteros desaparezca o a que sobreviva como curiosidad exótica y salvaje del profundo tercer mundo; en el mejor de los casos a que sea una mercancía malvendida. Vivir al son de la gaita se hace cada vez más difícil; muchos músicos populares en Colombia viven al borde de la miseria. Sobre todo en departamentos como Bolívar, heredero de la rica cultura Zinú, de donde viene la Cumbia, hacer nuestra música es un desafío que si se pierde se paga con hambre. Y allí los vemos, a los gaiteros de San Jacinto, resistiendo con amorosa entrega, con jovialidad violenta.

¿Por qué violenta?, porque su tarea exclusiva no es la de mantener encendida una llamita aislada, sino que les corresponde atizar el fuego para que crezca y alimente, para que derrumbe y transforme. Los Gaiteros de San Jacinto se constituyen como un bastión en la defensa de la soberanía cultural de la nación. El éxito de su tarea, apenas inicial, se hace evidente: mientras la música hecha para la comercialización está en su apogeo, mientras la gran industria musical nos inunda con sus productos; como un oasis en el desierto, los gaiteros abren espacio para nuestra música, evitando los peligros de enceguecerse por la vanguardia o de refugiarse en el extremo folclorismo, innovando con cautela y con criterio, nos entregan esta música que es tradicional y actual al mismo tiempo, y a los gritos de su llamador la gente bulle. 

Que en medio de la multitud que los veía tocar, viéramos a un grupo bailando con velas encendidas, dice muchas cosas, pero sobre todo dice que están cumpliendo su misión de mantener y propagar el fuego.