Cuento de la tercera persona

 Imagen por: Isabel Castro

La huida.

Hicimos el esfuerzo por caminar unas cuántas calles más, sólo faltaban pocos kilómetros para salir de aquél pueblo  –y cuando apenas salimos,  creí que para siempre- echados como indigentes, como quienes una lengua no tiene como designar y empiezan a desaparecer, por eso nos echaron, nosotros buscábamos palabras donde sólo habían piedras,  pronto entraríamos a pueblo minero, oscuro y difuso, lo único queríamos hacer parada y dormir al otro lado del pueblo, como para alejarnos cada vez más de donde huíamos por la simple mala suerte de haber nacido allí, desentendernos lo más pronto de esos gestos y palabras que ahora se nos revelaban como bruscas, feas, tenues y ya muy lejanas, así tuviéramos que parar a dormir cerca del nuevo casco Urbano de construcción reciente, donde ni los viejos borrachos ni los jóvenes jonkies les importaría una mierda qué queríamos en ese punto de “la ciudá” como decían antes de tomar un trago largo de licores de destilación casera. No estábamos tan lejos como queríamos, pero ahí empezaba un gran viaje.  Eran las cuatro y diez minutos de la noche cuando ya teníamos una habitación para los tres, las maletas con nuestros simples corotos ya desempacada en el centro de la pequeña pieza. Saqué un papel y lié un cigarrillo para los tres. Queríamos dormir, cerramos las cortinas.

En la Carretera

A cualquier viajero le hace bien encontrarse con un oriundo de pueblo, nosotros, los pocos que reconocemos rasgos comunes, cierta confusión entre las formas de mirar, nosotros al encontrarnos en la carretera sentimos una confusión común, como dos hombres que le temen a la misma mujer o al mismo vacío. Ya era tarde para volver a la carretera. 

Para cuando desperté el humo azul de un Marlboro Gold llenaba pedazos de luz que se filtraban por entre las cortinas a medio abrir. Jane ya se había levantado, comprado tabaco, preparado un par de huevos junto con Henry, que nunca tuve la mínima idea de cuándo dormía y cuándo no,  ni en los viajes más largos, en el desierto donde los hombres hablan poco y el calor y la soledad los vuelven duros y precisos.  Sólo faltaba yo, me esperaban para que liara el próximo cigarro, desayunar mientras contábamos los últimos sueños trasnochados y confusos típicos de moteles –por esos tiempos siempre soñaba en la lengua que había recién abandonado, aunque no se podría decir que la extrañara- 

Jane era la única que se había levantado especialmente enérgica hoy. Yo no tenía la energía suficiente para buscar sus ojos huidizos, su amor ausente, su frenético cuerpo. Ella ya lo sabía bien, sería quien tendría que liderarnos en el camino de ese jueves en las carreteras. Ella nos llevaría hasta la ciudad, después, quién sabe. 

Delirio de una tercera persona

Cuando no sabes nada del lugar que pisas, ni siquiera las palabras correctas para pedir un café, todo te da igual, las miradas y los roces y las señas con los dedos se entremezclan junto con los sonidos de la confusión en una danza caótica. Y ahí estás en medio de la multitud de nuevo, tienes muy poca música por ofrecer con el tintineo de tus bolsillos y una mirada nerviosa de necesidad y éxtasis.
 Sentí entonces lo que hace mucho tiempo no sentía: Algo completamente nuevo se me revelaba, como aquel día en el jardín de la escuela o como cuando te llamé y tuve la certeza que no contestarías nunca más. Como fuera había que hacer el día, ya habíamos dormido lo suficiente, en los sueños cada quién hablaba en su lengua con sus amigos o sus muertos, salir de nuevo a las calles, regatear unas verduras, unos cigarros, un poco de alegría y unas cervezas en la noche. Todo desde la música, las conspiraciones e impresionar colegialas para tomar sus monedas, Era, en fin una locura todo, el viaje y las lenguas de las colegialas de todo el mundo. Sus monedas por las que nadie se muere de hambre. Sólo el viajero, la desterrada tercera persona. 




El viaje.                                        

Llegamos al metro donde haríamos el transbordo que nos dejaría en el autobús, después estaríamos finalmente en la ciudad, en el ondulante vaivén del vagón parecíamos tres espantapájaros estropeado, después de todo salir frescos de una ciudad carbonera no era fácil, no entendíamos los graznidos de los cuervos de ésta región ni teníamos pinta de tener pajaritos a los qué espantar. Con los mineros no importaba mucho no entenderles del todo lo que decían, despreciaban a todos por igual supieran o no explicarse en su lengua, todos se sentían igual de faltos en sus palabras, hombres de almas cavernosas, pero ahora en la ciudad no tendrían oportunidad ni del desprecio, los mineros les gustaba escucharlos cantar nada más, acá no conocían la letra de ninguna canción y sólo los miraban con desprecio cuando hablaban entre sí en su idioma, pero parecía que la prueba más dura apenas empezaba para ellos, no querían hacerse echar igual que de algunos pueblos anteriores, sólo por el hecho de no entender lo que le decían y terminar en un problema, como en aquella plaza de mercado donde se pusieron a tocar y a los veinte minutos les querían vender una cabra, les cobraban unos servicios que nunca recibieron y les vendían una mujer que por cierto nunca vieron. 

En la ciudad sería un poco diferente, después de todo allí todos agachan fácilmente la cabeza a los dioses del concreto, el metal y los dólares. Se suponía que no tendrían problemas, después de todo ellos al no tener nada, no amenazaban su dios. Entre los tres juntábamos cuarenta y siete dólares, fumaríamos y dormiríamos en una sencilla y modesta habitación con una de esas lucecitas de las cientos desparramadas por toda la montaña y el valle.  
Allí empezaría un nuevo viaje.