Yo (no) estoy loca

 Imagen por: Fabián Rendón

El escenario está ocupado por seis sillas diseminadas, un perchero y un recuadro en la pared. Entre esos pocos objetos está Cielo. Todavía no ha comenzado a hablar y aún se escucha la discusión de la turba que no alcanzó a entrar a la única función programada en el festival para la obra Yo (NO) estoy loca, del Teatro Petra. A Cielo le presta el cuerpo la actriz Marcela Valencia para que desarrolle su monologo; y no solo a Cielo, también a Don Tacaño, a Don Rubén, a Berta, a los padres de Cielo, al marido de Cielo, a la moza del marido de Cielo, al novio de la moza del marido de Cielo. La primera palabra pronunciada por ella neutraliza los últimos ruidos exteriores. 

Desde pequeña a Cielo le molesta que le digan que está loca, justamente cuando habla con claridad y levanta la voz en las reivindicaciones de su dignidad (¿si fuera un hombre planteando las mismas exigencias también le llamarían loco?), y sobre esta premisa se desarrolla el monólogo entero. Un cúmulo de acontecimientos y de personajes desfilan por la experimentada interpretación de la actriz: los acontecimientos son definidos en la obra por una frase que se proyecta, en cada cambio de situación, en el recuadro de la pared; los personajes que Cielo trae a colación aparecen con una facilidad extraordinaria, tras una acción física y con un cambio apenas perceptible de la voz que sitúan al espectador en un nuevo lugar en el espacio y en el tiempo, sin que apenas haya variado la configuración del escenario. 

Primero están los malestares exóticos, donde se cuentan sus experiencias sexuales venidas a menos. Cielo en todas las circunstancias es culpada del fracaso, aún cuando fue el amante quien –por ejemplo– se quedó dormido. Luego, está el personaje atrapado entre las filas y los vejámenes interminables de una E.P.S., donde después de maltratarlo le reprenden por escandaloso y desagradecido. El marido es infiel y la culpa. Su madre les es infiel a su padre y también la culpa por haberla puesto en evidencia. En fin, todos la acusan de loca por mantenerse coherente hasta las últimas consecuencias. 

El desenvolvimiento de la narración y la reconstrucción lógica de la “locura” también están signados por las variaciones: hay cambios en los tiempos verbales y en las personas gramaticales según las intenciones dramáticas de cada escena, lo que instala a la obra en el plano del juego. Cielo transita entre la primera persona, el tiempo presente, la tercera persona, el tiempo futuro, la voz pasiva para sonar menos agresiva y el tiempo futuro para sonar menos vulgar. En medio de esa maraña ella está completamente sola. Hacia el final las sillas son dispuestas alrededor de Cielo, ya no es ella la acusada, sino quien los enfrenta a todos, quien los mira a los ojos para que digan por qué la acusan de loca. 

En este momento final se hace evidente la paradoja: en un mundo alrevesado, con un sistema de valores hegemónicos que es fuente inagotable de atrocidades, ¿quién es el loco verdaderamente? No obstante la puesta en crisis de esos valores es restada en su contundencia por un tratamiento de los temas que se acerca al lugar común, y una intención humorística que coquetea peligrosamente con el chiste.