Arde Babel

 Imagen por: Miguel Ángel Nuño

Apariciones

Qué mueran los dioses, pero no ese temblor de las hojas donde nacen. 
Nicolás Gómez Dávila

Como signos los dioses,
su voz sin polvo en las palabras
su voluntad que se vacía y  reverbera sobre la vegetación
después de la lluvia; 
su ardor en el corazón de mi perro que palpita;
en el reverso de un derrumbe
que quiebra la razón de lo dispuesto a caer.

Están los dioses en las cosas más sencillas.

En la tenacidad del sol 
que incendia la tarde y muere trágico 
sobre la carne y en los ojos. 

En el cuerpo que se hunde entre la hierba
agitada por el viento que ondula;
en esa limpia ceremonia
que es abrirse el pecho y pasar 
lenta la lengua
hasta que ese tentáculo prodigioso
de las entrañas descosa la canción.



Revelación

Éramos tres y  la calle,
pronunciábamos entre el vino
aquello que nos hace humanos:
el amor, la muerte, el tiempo.

De esquina a esquina 
como si ese breve espacio fuera el mundo
y la ebriedad un útero oscuro,
nos mirábamos incrédulos
advirtiendo en el otro 
la revelación de esa voluntad voraz,
fortuita 
que lo mueve todo.

Se intuye el mundo en lo hondo que se esfuma
desde lo que tiembla vertiginoso en la palabra
lenta e incapaz de acercarse a esa vorágine.

Las calles del ebrio
en perpetua fuga
se caminan hacia el fondo y calladas.

Cuando sobrevienen la vigilia
la resaca, el hartazgo,
probamos otra vez 
encajar como una vértebra 
en el esqueleto del mundo.


El polvo

Te acordarás de la luz inmóvil
sobre el rostro de tu madre, 
del mechón sobre su mejilla
impasible a la ola de los dedos,
al soplo de la tarde 
en continua fuga;
recordarás sus cejas pulidas 
las zanjas en la frente,
su cuerpo todo 
llamado a la frontera.

Te acordarás del fondo del jardín, 
de sus grietas como nervios 
que lo han hecho más oscuro por remoto;
del mantel y sus signos derramados
bajo un pan renegrido
que urdía la promesa de la sed;
del cigarro en su neblina 
velando los ojos de tu padre
y de una naranja en cuyas venas 
se anunciaba la intemperie.

Y del polvo,
cómo flotaba entre la casa
cómo resplandecía insistente 
cuando la luz lo recobraba de lo hondo
como si desde él
la fragilidad de todo pudiera adivinarse
y su apego a lo más elemental 
acentuara el derrumbe de los días.

Recordarás que en abril
las nubes se empuñaban sobre las montañas 
y llovía, 
mientras ese polvo
como un dios ligero
acababa por cubrir en la cocina
la densidad del fuego.

Recordarás este ahora
y el agua en este vaso, 
su temblor casi imperceptible
que revela en los objetos que se observan a través 
la opacidad:
un vértigo de extraña aparición
semejante a los prodigios
de lo que te precede.

Sabrás que el polvo guarda el deseo
de lo que hunde;
multiplicidad que reclama en todo lo que existe
la perdida unidad.