Capricho lusitano

 Imagen por: Festival Internacional de Teatro de Manizales

El teatro ha visitado recurrentemente a Pessoa, ese lusitano tímido y, supuestamente, inmóvil, cercado siempre por un aura de misterio y romanticismo. Sus propias obras, algunas concebidas deliberadamente para el teatro, han ido y venido sobre las tablas. Esto no quiere decir que sea fácil, ni que haya sido siempre exitoso; de hecho creo que es al contrario. Hablo de esto con Clara Ariza – una de las actrices – y me concede la razón, en Portugal también se lo frecuenta, aunque con cierta timidez. Y allí es donde radica el éxito de Los cinco entierros de Pessoa: ha sabido evitar con soltura la timidez, los lugares comunes y la quietud.

La obra se desarrolla con sobriedad, al iniciar el personaje está solo sobre el escenario vacío que se va construyendo con el cuerpo de los actores y un brillante despliegue de luces con el que se acentúan ciertos gestos y se abraza cariñosamente a los personajes. Esta escasez de medios, así como la sutileza con la que el humor aparece solo a veces y la sencillez de la trama, hacen que sea una obra rica en sensaciones e incluso voluptuosa si se quiere, pues tiene momentos poderosamente conmovedores y extáticos.

Un éxtasis que se contrapone a la inmovilidad, así como una serie de contradicciones, dudas e indecisiones, hacen de este Pessoa un Pessoa real, no el acostumbrado poeta fabuloso y divino, sino el poeta humano sometido al vaivén de sus propias inquietudes y de la historia política de su país. Los heterónimos del Pessoa de la obra están construidos con la misma habilidad con que el propio Pessoa construyó a los suyos, como seres independientes y reales: ni seudónimos, ni personalidades alternas. Cada uno se posa en el escenario con su propio peso y su propia vitalidad, e incluso riñen con Pessoa y entre ellos; Álvaro de Campos y Ricardo Reis discuten sobre la monarquía, la democracia y la anarquía, piden el consejo de Alberto Caeiro, quien aparece solo a través de la recitación y no resuelve nada. Estas discusiones son el pretexto para presentar al atormentado Fernando Pessoa político, que llega a apoyar fervorosamente la dictadura militar y ve en el orden castrense la posible salvación de Portugal, para luego desilusionarse y terminar su vida sumido en su eterno capricho por Don Sebastián, el rey niño perdido en el África y que los lusitanos creen ver llegar entre la bruma a recuperar el trono usurpado por los españoles.

Esta visión de un Pessoa abrumado contrasta con la mirada mítica con que a veces se pretende eludir su faceta menos amable, esa timidez que le reclamamos a otras obras no es gratuita: también será preciso recordar que, pese a todo, en Portugal la figura de Pessoa es de enorme peso político y cultural y que hay que andarse con cuidado cuando se lo señala de haber cohonestado con el fascismo. Pero Teatro Tierra no teme, saben que su obra es poderosa y se puede defender sola, por eso sin ningún pudor la presentaron en Lisboa, en plena fiesta nacional dedicada al poeta Luís de Camões. Y, allí como acá, la obra es tan vigorosa que solo reclamó aplausos.  

Los cinco entierros de Pessoa es una incitación, su propuesta invita a buscar a Pessoa; el Teatro Tierra lo encontró después de varios años de trabajo investigativo, sobre todo en Lisboa, persiguiendo los fantasmas del poeta en los lugares que frecuentó en vida. Para quien ya lo ha leído es una invitación a leerlo de otro modo y para los nuevos es un llamado de atención. Al final de la obra aparecen dos barcos, ambos están construidos con las hojas de papel que han desempeñado un rol vital en el desarrollo de la trama y entre las cuales se han desarrollado todos los ritos, propios del mundo poético de Pessoa y del mundo dramático de Carlos Moyano. La bruma invade el escenario y, como en un sueño, Don Sebastián aparece. 

Hay cosas para reclamarle, sí. Por ejemplo se apodera de mí el deseo de que hubieran resuelto alguna música y algunos sonidos sin que fueran grabaciones. Pero luego de pensarlo largamente, se me ocurre seriamente que hay que evitar que estos detalles nos distraigan de la gran obra que es y la esperanza que transmite, que no nos suceda como a la criatura durmiente del poema “Las islas afortunadas” que después de oír cómo del mar llega la esperanzadora voz de Don Sebastián, empieza a despertar y ya no hay voz sino solo mar.