La teoría del iceberg

 Imagen por: Festival Internacional de Teatro de Manizales

Después del breve silencio del público, los actores y la escenografía se precipitan para dar un inicio vertiginoso a la obra. Algo ha sucedido y la tensión de este acontecimiento se traslada en un primer momento de suspenso a la escena: tres suicidios han ocurrido en una empresa. ¿Tuvieron una causa común? Y de ser así, ¿cuál fue esa causa? Desde este punto de partida La punta del iceberg, la obra presentada por Delirium Teatro en esta edición del Festival Internacional de Teatro de Manizales, pone de presente la urgencia de reflexionar sobre la agresividad de las formas actuales de producción capitalista, la destrucción de la personalidad en el sitio de trabajo y la implicación de las nuevas formas de explotación laboral en la esfera íntima de las personas. En este sentido, la obra de Antonio Tabares es valiosa por la presentación de un tema provocador y actual, tal vez invisibilizado en la reflexión artística de estos días pese a la tragedia humana que encierra. 

La punta del iceberg le presta estructura a este tema a partir de una trama que comparte algunos elementos estéticos con la novela negra, si bien no se trata aquí de la ocurrencia de un crimen: Sofía Cuevas, el personaje a partir del cual se establecen todas las relaciones dramáticas de la obra, al indagar por los suicidios, asume en cierto modo la figura de un detective que se acerca a su objeto de estudio motivado en parte por sus intereses materiales y sus necesidades emocionales; no es tan importante aquí el develamiento de la verdad como la reflexión sobre la degradación moral de los personajes y sobre sus conflictos interiores; el drama se desarrolla en un ambiente oscuro –asfixiante– que tiene su correlato en una escenografía constantemente trastocada, en los distintos intervalos, por unos personajes sin rostros que de vez en cuando cruzan la escena, tras un velo, como fantasmagorías. La elección de esta estructura no solo presenta una novedad sino que abre campos de sentido fecundos para la reflexión en la medida en que permite –al igual que la novela negra– darle relevancia a las complejas relaciones establecidas entre los personajes, mediadas por la desconfianza recíproca, el interés personal y la dependencia (manipulación) emocional. Así La punta del iceberg logra rehuir, en el tratamiento del tema, al panfleto. 

Esta declaración estética, sin embargo, no logra un pleno desarrollo en la escena porque la exploración de los horizontes de sentido que ya han sido abiertos adolece de superficialidad. Pese a que la interpretación de los seis personajes demuestra una gran destreza actoral, este despliegue técnico riñe con una construcción problemática de los personajes. Una de las directoras que asistieron a este festival hace una atinada analogía: son como grandes cantantes a los cuales la partitura les obliga a permanecer en un registro de voz muy limitado. Salvo dos de los personajes (Sofía y su ex amante, el sindicalista), estos no terminan de entrar en situación, con sus contradicciones intrínsecas y con la complejidad que es propia de lo humano. Es justo esa polifonía creada desde la interioridad de los personajes, y no la mera presencia de distintos personajes, lo que dota de verosimilitud y profundidad a las relaciones que se entretejen en el drama. 

Según la teoría del iceberg, pese a que el plano de la experiencia directa –lo que se ve en escena, las palabras que desde allí le llegan al público– no tiene que contenerlo todo, sí debe insinuar lo que le da fundamento. Lo que queda oculto bajo el agua. La punta del iceberg culmina con una elipsis: un fuerte ruido hace intuir al público que ha ocurrido un nuevo suicidio, nada se ha resuelto, y toda indagación ha de comenzar nuevamente. En este final que le presta circularidad a la obra y en la propuesta plástica, donde los objetos constantemente se animan y cobran distintos sentidos según las necesidades de la trama, está el atisbo de profundidad que se extrañó en lo demás. En todo caso esta obra le regala al espectador con su buen ritmo, un buen rato.