Alberto Parra no tenía ganas de hablar

Desde que el avión tocó la pista y el breve golpe lo despertó de la primera siesta que hacía en muchos años, Alberto Parra no dejó de sentir la boca seca como si hubiera dormido varios siglos o como si un desierto le hubiera nacido bajo la lengua. Alberto siempre había sido para él un nombre de viejo que ahora, con treinta y ocho años, aceptaba de buena gana. En parte lo justificaba el título doctoral que acababa de conseguir en Europa, y en parte el matrimonio joven que había dejado en Colombia patinando entre juzgados y a la orden del “Compay Andrés, por la perra de Parra y el Juez”, como le decía a su abogado, cantando hacia el final de la frase el estribillo de la canción cubana.

Pero cuando quiso llamarlo, esta vez desde el teléfono público del aeropuerto para anunciarle su regreso, la canción se le quedó en la trastienda de la garganta y no supo qué decir.

–¡Hombre, Parra!– le gritó el abogado asombrado.

Alberto colgó la bocina y se dedicó a caminar por entre el tumulto de viajeros que más que atropellarse parecían atravesarse los unos a los otros, sin ningún límite físico. “¡Hombre, Parra!”, se repitió en la mente. Aunque esa sed cada vez se parecía más al dolor, Alberto no atinó a detenerse en ninguno de los locales para tomarse una cerveza. Sí que quería vaciar unas buenas botellas. Pero tan pronto se percataba, asomándose a cada mostrador, de que no tenía otro remedio que abrir la boca para pedirlas, una rara potencia del hastío lo obligaba a pasar de largo. Así le dio varias vueltas al aeropuerto sin decidirse tampoco a tomar el taxi que lo dejara por fin –después de cuatro años– en su casa.

El remolino de los viajeros pronto empezó a menguar y su conducta dejó de pasar desapercibida: un hombre triste en un aeropuerto es siempre un hombre sospechoso. Alberto lo vino a saber cuando un grupo de guardias ya lo seguía de cerca, hablando por sus radioteléfonos, listos para lanzarse sobre él como perros de caza. Era cierto que había olvidado reclamar el equipaje que traía en la bodega del avión y que había perdido en algún lugar su abrigo italiano, pero esto ya no le importaba. Solo tenía la imperiosa certeza de que era momento de irse y dejar a los esbirros atrás. No era una cuestión de miedo: Alberto Parra no tenía ganas de hablar.

Nuestro hombre volvió a pensar en su sed cuando por fin se había adentrado en la noche bogotana, caminando por la veintiséis. A esa hora los carros rozaban el anden a gran velocidad y sus ráfagas le producían un hormigueo en las sienes como el que se siente al inicio de un vahído.

Alberto, sí, era un nombre de viejo, pero en Europa él mismo había envejecido mucho más que su nombre, sin tener la oportunidad de sentir el paso del tiempo que lo atravesaba desde los anaqueles abigarrados de la universidad, que lo acompañaba en su camino a casa por entre las curvas del río y que era el mismo que había carcomido las paredes góticas de la catedral. Solo ahora, aunque siguiera avanzando con el paso bastante ágil por la avenida, gozando de una salud inmejorable, era consciente de que los años le habían propinado su estacazo mortal.
 
***
 

Después de mucho caminar y de masticar mucho el sabor a fierro de su boca, Alberto se encontró de frente con la fachada del edificio en el cual vivió su corta temporada matrimonial. En el vidrio de la ventana se reflejaba una lámpara todavía encendida. Alberto supo que si esperaba apenas un instante se sentiría derrotado y demasiado viejo para un último intento. Así, bajo el influjo de las últimas hilachas del amor, acarició varias veces el timbre con la punta del dedo, pero sin acabar de oprimirlo.

Después de muchos momentos de vacilación, retrocedió definitivamente: había visto la miseria suficientemente cerca. “Hombre, Parra”, pensó con sus última fuerzas e intentó pasar, en vano, un trago amargo de saliva.