Apostillas para la noche del desagravio

I
La estéril memoria de Colombia no resistiría a la brutalidad de la música que ahora nos cae como una dentellada. El Pavimento de la cancha emplazada en el Instituto de Cultura ha sido transmutado en un espejo ha fuerza de las aguas sucias. El Punk no puede pensarse en el sosiego: a veces la luna se ve mejor desde el pantano. En la puerta se aglomeraban los alimentos para gatos o perros, adentro la fiesta se prefigura: la oda al desencanto, el enaltecimiento de la furia que desemboca en músicas disonantes. El caos se prefigura como una búsqueda para el orden. Se asocia la estética del Punk con la violencia: ahora cuando noto las sonrisas más desajustadas que he visto y la ira no de odio sino de indignación, entiendo que la opresión solo puede originar un grito malherido.
Las bandas se hilvanan como un hilo tensado para la insumisión, el canto de los incomprendidos deja de ser secreto y estalla en los estertores de los amplificadores, un perro se une al baile, el pogo de las manos y piernas se teje con las garras y el hocico porque la fiesta de los ofendidos no es exclusiva de los humanos: el grito y el ladrido se unen para lamentarse de la tierra de nadie.
Si el espíritu de los colombianos no ha sido demolido -digamos, totalmente- por las lluvias sucesivas de las balas, las ráfagas del agua incesante no van a deshacer la amalgama de almas, si no sucumbimos -digamos, totalmente- a los charcos de sangre que ahogaron los pasos,  bajo las botas de taches las aguas no detendrá el baile.
II
Después de nueve versiones del Víboral Rock es la primera vez que se destina una jornada completa al Punk. El hecho en sí mismo resalta la legitimidad que el género ha alcanzado dentro de la estructura propia de El Festival. 
La banda D.P.I de El Carmen de Viboral asume las tablas. Deja que su música se precipite. Una pelea se origina en medio del pogo y la banda lo intuye. La música se silencia. La banda increpa la coyuntura. el conflicto cesa. El mensaje es claro: la música furiosa es una catarsis para que el cuerpo libere la tensión de la existencia, no la aumenta.  La banda lleva más de una década sonando, nació desde la precariedad de una habitación y unos amigos que buscaban hacer Rock. Creen que la sinceridad frente al  Punk en El Carmen de Viboral suplanta la carencia de un público monumental: “El Rock es un grito de rebeldía, de oposición ante un sistema que nos quiere imponer lo que ellos digan… no nos quedamos callados, es esa posibilidad de canalizar todas esas rabias. Vamos a pegar el grito y a pegar la queja. La gente dice que ‘¿usted para qué se queja si vamos a seguir lo mismo?’ pero hay que responder con la rebeldía, con la lucha, con decir no más, con decir ‘esos hijueputas nos están robando, nos están acorralando’, ¿qué vamos a hacer pues?, esa es nuestra manera para hacer resistencia.’” dice Julián Rodríguez, guitarrista de la banda mientras sus labios se pliegan en una tensión desgarradora y las palabras salen apenas enunciadas: la tensión en el rostro y la potencia en la guitarra: lo que el país niega, lo dice en acordes agrietados. Juan David, otro de los guitarristas de los insumisos piensa que el proyecto de D.P.I se sustenta en “ transmitir defensa por el territorio, libertad de expresión, compromiso con las generaciones que vienen… El arte y la música en su esencia son sensibilidad, estamos parados frente a gente que no le importa un culo derramar sangre, entonces desde la música podemos sensibilizar esa parte y tocar muchos corazones”. Detrás de sus lentes, de factura sobria, están sus ojos fijos como centinelas. La expresión de D.P.I nace de un contacto vital con las situaciones que cantan. Las músicas periférica se presenta como una oportunidad para los excluidos, la de los callejones. “Es la fuerza de la música contestataria”, culminó Rodríguez. Los ensayos de D.P.I están cargados de propuestas y respeto, de frustraciones y tristezas, de rabias que se conjugan en la música. Veo cómo se resquebrajan contra sus instrumentos, cómo se condensa el aire en su tarima y asciende en volutas de humo contra el peso de la lluvia.
III
Viaje al fin de la noche
 
Baudelaire en su poema embriagaos llama a la exaltación de los sentidos, a la apoteosis espiritual: “Hay que estar siempre ebrio.Todo se reduce a eso; es la única cuestión. Para no sentir el horrible peso del Tiempo,/que os destroza los hombros doblegándonos hacia el suelo, debéis embriagaros sin cesar. Pero, ¿de qué? De vino, de poesía o de virtud, como os plazca. Pero embriagaos.” Ya se ha descolgado la última nota de una música aporreada pero el silencio no cubre la noche. Las conversaciones, los abrazos… Baco se prende a las gargantas de todos mientras la angustia y la miseria se han escurrido entre los surcos del agua. Quedaron las risas ya no agazapadas: la primera sombra de la madrugada ha colmado de neblina la cancha y es difícil distinguir los rostros de los congregados.  Camino entre las las multitudes, alguien acierta a decir una frase de una banda que mi memoria no acierta a descubrir: “En este mundo la inyección es mi deseo, duele bastante pero alivia el corazón”. La música de hoy ha entrado en los oídos con doloroso deseo para que las angustias del país de pesadumbre se desgasten como las voces que gritan.