La comunión

Cuando llego al festival está sonando The Kitsch, es la tercera banda que toca en la noche, me lamento por haber llegado tan tarde. Los amigos me reciben con abrazos, con los años me he hecho extraño, la gente me pregunta por qué tan perdido. Llegar al festival de Rock es como llegar a una casa que no se olvida de uno y parece que de nadie. 

En el patio la gente salta al ritmo frenético de una banda de Punk que recuerda a The Clash, a The Violent Femmes, de un guitarrista semidesnudo como Iggy Pop, se lanzan rollos de papel higiénico, por eso desde afuera, quienes pasan, los creen rudos; pero cuando uno se acerca no son más que los niños que crecieron en estas calles, sonrientes, empapados por la lluvia, que se acercan a saludar emocionados. Hay una especie de comunión curiosa y bella en la que se encuentran todos esos muchachos que encontraron en el Rock un hogar.

Vagabundeo por la casa, sintiendo la calidez del lugar al que uno pertenece y de repente escucho al vuelo un fragmento de la conversación que tienen en una esquinita los extraños, los invitados, una de las mujeres que toca con Fértil Miseria le responde a alguien del Instituto entre risas “no, nos han tratado muy mal, no ve que nos están engordando con tanta comida y tantas atenciones”.

Salgo a dar una vuelta, bajo la lluvia, camino por las calles que rodean a la casa de la cultura, por allí vienen dos muchachos, empapados, uno le dice al otro que con la lluvia se le borró el sello que le habían puesto en la mano para entrar de nuevo, ante la inquietud de su amigo que pregunta qué van a hacer, el muchacho responde ligeramente: “Fresco que allá todo el mundo me conoce”.